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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 28:

Drogas: substancia y accidente/ Chiapas: un pueblo a contratiempo de la historia

Es intención de la Filosofía y de la Ciencia mantener la distinción aristotélica por excelencia entre ?substancia? y ?accidente?. El filósofo, el científico distinguen entre lo que es ?la cosa en sí?, la substancia -lo que hay más por debajo-, el nombre o sustantivo, y lo que ?a la cosa le pasa?, accidente, adjetivos y verbos de la gramática. De ahí, a veces, se toman estos términos de las Escuelas y el lenguaje corriente los utiliza para decir algo sensible; así ha hecho con la substancia -cuando la aplica, por ejemplo, al caldo del cocido-, término que después los ?usuarios? y los químicos han hecho valer también para referirse a las drogas. A su vez, accidente se ha adoptado para hablar sobre todo de los accidentes de carretera, de automóviles y demás. En el caso de las drogas, la substancia sería su efecto ?bueno?, mientras que el accidente aludiría a algo ?imprevisto?.

Pero, ¿acaso la substancia sería la droga químicamente pura y sus efectos gozosos y paradisíacos, mientras que ?accidente? haría referencia a la impureza del producto y sus efectos indeseables? Por desgracia, tal delimitación se hace más difícil de lo que cabría suponer, pues no podemos olvidar la conexión entre la física (o la química en este caso) y la sociedad, la política, la economía... La cosa en sí se entremezcla inevitablemente con el gran dinero, la moral, el castigo, la salvación, la identidad personal, el miedo, la justicia... con todas esas nefandas particularidades -sociales y personales- que accidentalizan la substancia, hasta hacernos apenas reconocible aquel anhelado remanso de pureza, de holgada claridad y visión descubridora, el sueño más antiguo de los hombres.

Bajo tantos estigmas, la dosis más pura viene ya con una considerable proporción de impurezas, de administración de muerte, desde el Mercado, desde el Estado, desde Yo mismo...

Nuestra visión de la substancia y su tratamiento deberán conjugar, por lo tanto, el amor de la cosa y una mirada vigilante, alabanza y reserva, por gratitud precisamente a la buena ebriedad liberadora que todavía, a veces, y a pesar de todo, nos anima. Este número, pues, ha abordado la cuestión desde muy diversos ángulos, mirándola de frente y al sesgo.

De HENRI MICHAUX, a quien sin duda se deben los más penetrantes relatos de la experiencia visionaria, ofrecemos una exposición contrastada: del arrobo in situ de la experiencia (Fuera de sí) al lúcido análisis a posteriori (Volver en sí).

En la entrevista que amablemente nos concedió ALBERT HOFMANN (Química y destello vital), el descubridor del ácido lisérgico nos introduce en su peripecia vital e investigadora, dentro de su particular visión espiritualista del quehacer científico.

En El don de la ebriedad, con fragmentos inéditos de Ernst Jünger y Gottfried Benn, se ofrece una gavilla de apuntes y comentarios, desde muy diversas entonaciones, entre los cuales figuran algunos de los pasajes fundacionales de la contemporánea reflexión sobre las drogas.

Hemos retomado, por su indudable vigencia, el texto clásico de la COMUNA ANTINACIONALISTA ZAMORANA (?Droga? y abstracción); el comunicado se lamenta de la anulación por abstracción de las riquezas psicodélicas, con particular referencia a su suplantación por las modalidades espúreas del orden de las drogas heroicas.

Con su sagacidad habitual, THOMAS SZASZ, en La ética de la adicción, deriva los problemas relacionados con el uso y abuso de las drogas de nuestra ambivalencia con respecto a la autonomía personal y la responsabilidad.

El químico y etnobotánico JONATHAN OTT (La Inquisición farmacrática) delinea el itinerario de la persecución de las sustancias de ebriedad, desde los albores hasta nuestros días, dentro de la inveterada táctica del chivo expiatorio.

JUAN-CARLOS USÓ, en Drogas en España: un tema derivado en ?problema?, desarrolla una genealogía de la prohibición en nuestro país, detallando sus principales hitos, hasta llegar a la actual barbarie farmacológica a juego con el orden mundial.

El químico ALEXANDER SHULGIN (Los psicofármacos de diseño: presente y futuro), a quien se debe la síntesis, entre otros muchos compuestos, de la metilenedioximetanfetamina, conocida popularmente como ?éxtasis?, nos hace partícipes de los aspectos inventivos de su quehacer.

Desde el psicoanálisis, IGNACIO CASTRO y JORGE ALEMÁN (Fin de un viaje) dan parte del deceso de la función regeneradora de las drogas y de su actual carácter de tentáculo privilegiado de Leviatán.

GILLES DELEUZE, en Dos cuestiones sobre el uso de la droga, se adentra en la tramoya de la conciencia ebria: bajo una supuesta vocación perdidiza e inaugural subyacería un refluir hacia actitudes opacas y especulares.

ENRIQUE OCAñA, en Topografía del mal viaje: Prolegómenos a una ?Crítica de la conciencia psiquedélica?, se remonta a los orígenes de la crítica de la conciencia ebria y traza un vivido fresco del lado anfractuoso de la experiencia con sustancias visionarias. En la conversación con ANTONIO ESCOHOTADO (?Substancia es gratitud?) se nos propone un uso maduro de las drogas, desde un entendimiento de la ebriedad considerada como una de las bellas artes.

Por último, a partir de la naturaleza común de la poesía y el espíritu objetivador de la experiencia psicodélica, los versos de MIGUEL ÁNGEL VELASCO (La leyenda del agua) dan cuenta del efecto práctico, disolutorio y liberador de las drogas ante los percances de la realidad.

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