Promociones


CARPETA Nº 68:

CLASE: TURISTA

Es como un secreto a voces: acabamos de recibir más de 44,4 millones de turistas, lo que nos convierte en uno de los principales destinos turísticos del mundo y, sin embargo, el turismo no es un lugar común de reflexión política, económica, territorial o ambiental. Sólo algunas disciplinas lo están intentando en los últimos años. Además, en gran medida, las actividades turísticas y sus impactos han sido tradicionalmente vistas por determinado pensamiento como “no estructurales” y sospechosas, las más de las veces sin una base depurada. Hemos considerado oportuno incluir en este número unas primeras aproximaciones, que, aun con sus límites, ofrecen, en todo caso, algunas claves para pensar este movimiento uniformemente acelerado que hoy mueve el mundo y nuestras vidas.

Esas claves tratan de aferrar dos dimensiones esenciales del fenómeno: digamos, por entendernos, su dimensión estética y su dimensión material. ¿Qué subjetividad, qué memoria, qué noción de viaje acompaña la experiencia turística? ¿Cómo captura la experiencia turística el imaginario colectivo, cuál es la fenomenología profunda del turismo de masas? Sus antecedentes son diversos: desde los viajeros del siglo xviii a los balnearios y la “invención de la playa”; desde el higienismo y la puesta a punto de los cuerpos para la producción del siglo xix a los programas de vacaciones obreras de los fascismos europeos. En todas partes donde es posible, el imaginario de la experiencia turística se construye con la ayuda de los creadores de sentido, ofreciendo un tiempo de estado de excepción, que permite literalmente escapar de las condiciones de una vida de miseria en los territorios de lo urbano. El turismo es, así, parte de las biopolíticas que ayudan a resolver la permanente confrontación cotidiana de los ciudadanos con sus condiciones reales de existencia. ¿Es verdaderamente un tiempo excepcional (descubrimiento, placer, recreo) o la prolongación agobiante de un trabajo agobiante? En todo caso, su excepcionalidad no resuelve nada: siempre hay que volver, como tristemente argumentaba Cioran en Talamanca (Ibiza), abrumado por su regreso a París.

En su permanente necesidad de redefinición y novedad, de ampliación de los flujos y de captura de la invención social, la industria o conglomerado turístico atrapa algunas creaciones sociales alternativas, las fragmenta y las ofrece a lo que denomina “segmentos específicos”. Algo similar sucede con los potenciales nuevos destinos turísticos. Nada ni nadie parece escapar a estos mecanismos de banalización, ni siquiera los “espacios de memoria” asociados al dolor, la tragedia y la muerte (un ejemplo reciente, analizado en este número, es el de Casas Viejas). A la necesidad capitalista de ocupar el tiempo de ocio como lugar de mercantilización hasta la extenuación (el conglomerado turístico es ya la primera industria mundial—), incluyendo como algunos han supuesto la mercantilización de la experiencia, se suman los impactos del turismo en sus distintas formas de creación de territorio. Las actividades turísticas crean territorio y sería deseable que, de una vez por todas, sean analizadas con la suficiente hondura.

En ese contexto, la mayoría de los espacios turísticos de masas de nuestro litoral ha agotado su ciclo expansivo como productos turísticos e incluso sus suelos, dejando una herencia de difícil resolución. En algunos casos, son territorios urbanos de la máxima complejidad e interés. Crece en ellos el sector residencial inmobiliario sobre las cenizas de los antiguos territorios preturísticos y en la realidad de los paisajes banalizados del turismo de masas.

¿Caben ahí otras posibilidades de aplicar economías productivas o no hay más remedio que seguir impulsando estos procesos sostenidos por las políticas inmobiliarias con fuerte demanda exterior?

Lo propio de lo estatal es la creación de la apariencia del estar haciendo, del estar preocupados antes que ocupados. Algo así sucede con la planificación turística y con la de los territorios que soportan sus actividades. Conscientes de la gravedad de los problemas medioambientales se utiliza como mera consigna la sostenibilidad, sin proporcionarle el debido sostén, e incluso se reclama para el turismo. Pero los ejemplos que se analizan en Archipiélago y otros más nada tienen que ver con algún criterio de sostenibilidad ni de interés por la sociedad que habita los territorios del turismo. Todo está conducido desde un exterior con respecto a la comunidad: se planifica lo ya planificado en ámbitos de decisión lejanos. En todo caso, quedan reducidos a la calificación del suelo, la especificación de sus ordenanzas reguladoras y la planificación de ciertas infraestructuras. La ilusión urbanística y planificadora adquiere un preocupante aire de canción compuesta apresuradamente con letras donde se incluye lo políticamente correcto. Sin embargo, son nuevos tiempos, nuevos fenómenos que no pueden pensarse y transformarse con viejos instrumentos.

A PROPÓSITO

SANTIAGO LÓPEZ PETIT: EL QUERER VIVIR COMO DESAFÍO

E n la revista Archipiélago se han publicado ya diferentes textos de Santiago López Petit. En este número dedicamos un dossier a su libro El infinito y la nada. El querer vivir como desafío . No es ésta su última obra. El último libro que acaba de publicar es Amar y pensar. El odio del querer vivir , que es la continuación del anterior, y el fin de la trilogía en torno al querer vivir. En este dossier nos hemos centrado en El infinito y la nada , porque en él aparece la formulación más completa de su concepto de querer vivir. En dicho libro el querer vivir adquiere verdaderamente toda su dimensión política, no es sólo una descripción de “lo social” sino que se constituye como una auténtica propuesta existencial y política.

Asumido el marco postmoderno, parece que sólo hay dos formas de reaccionar, evidentemente, con todas sus muchas variantes: una ética del consenso basada en una racionalidad dialógica o un arte de vivir que persigue construir la vida de uno mismo como obra de arte. Comunicación frente a estética de la existencia. Socialdemocracia más o menos radical frente a formas diferentes de individualismo. El libro de S. López Petit desplaza la alternativa en la medida que reivindica el problema mismo: ¿cómo se construye (colectivamente) una vida política? Porque ésta es la verdadera cuestión que el ni el normativismo ni la intensificación de la vida encaran. De nuevo: ¿cómo construirse una vida política, es decir, resistir(se) al poder? Cuando estamos cada vez más solos, cuando estamos abandonados a nosotros mismos… cuando el capitalismo se confunde con la realidad y la propia vida parece constituir una forma de dominio. En el libro de S. López Petit —cruce de reflexión filosófica y práctica política— se lleva a cabo una genealogía del concepto de vida que permite llegar finalmente al querer vivir. El resultado es una batería de conceptos (ambivalencia, fascismo postmoderno, espacios del anonimato…) cuyo objetivo no es otro que desbrozar el camino hasta alcanzar esa vida política, es decir, esa vida en la que el querer vivir se ha hecho desafío.

Recogemos aquí cinco intervenciones de lectores amigos que desde la complicidad discuten las principales tesis del libro. Se trata de contribuciones apasionadas. La respuesta de Santiago López Petit también lo es. No podía ser de otro modo cuando lo que está en juego es qué hacemos con nosotros mismos.

 

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