Promociones


PRESENTACIÓN CARPETA Nº 9:

La ilusión democrática [2ª ed.]

La multitud de atropellos que, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, se vienen cometiendo en nombre de la Democracia, la desvergonzada carrera hacia el enriquecimiento por encima de lo que sea y de quien sea, el creciente despotismo de los gobiernos electos y la continua inyección de miedo, miseria y frustración entre los súbditos de las democracias... parecen haber llegado a un punto tal que acaso se haya hecho ya necesario repensar/rehacer los fundamentos mismos de las instituciones en que se ampara el presente estado de las cosas. Y hacerlo sin ceder al chantaje de la mentirosa dicotomía Democracia/Dictadura, sin aceptar la vergonzosa complicidad con tanto horror y desafuero como buscan su impunidad tras la coartada de que, al menos, en democracia, pueden salir a la luz pública. Nunca, bajo ningún régimen, los desmanes del poder han dejado de ser vox populi. Sólo los regímenes democráticos han pretendido que el reconocimiento del mero hecho de la existencia de esas voces bastara para legitimar la persistencia de los desmanes que denuncian. ¿Es entonces la resignación en forma de impotencia o de voto la esencia de la Democracia?

Supongamos que la democracia, en su momento, hubiera sido una conquista popular. Cabe, sin embargo, preguntarse si no se ha convertido ya en un puro nombre bajo el que se escudan formas seculares de engaño y explotación que han llegado a alcanzar en nuestros días unos grados de altanería y cinismo sin precedentes. ¿No pertenece al corazón mismo de la tradición occidental, de la que es hija privilegiada la Democracia, el cuestionamiento de las tradiciones establecidas por la propia tribu o legadas por sus antepasados? ¿No será situarnos en lo mejor de esa tradición el afrontar sin miedo una crítica de los prejuicios y embelecos en que pudiera consistir la llamada Democracia? Como toda construcción humana, tiene un principio y tendrá un final un final que los primeros en anticipar son precisamente quienes sostienen hoy el carácter incuestionable de la Democracia.

En ese punto donde la Democracia se afirma como tabú de la tribu es donde empieza a negarse a sí misma, a instituirse como manera desnuda de dominio, como bruta sinrazón sin otro objeto que el perpetuar el para tantos insostenible estado de cosas. ¿No será ésta nuestra particular variante de fundamentalismo: el fundamentalismo democrático? Como todo fundamentalismo, ¿no protesta inmediatamente ante la imputación de tal? ¿No se tiene a sí mismo por el único camino verdadero en vez de uno más entre los caminos posibles o deseables? ¿No comparte con cualesquiera otros fundamentalismos análoga pretensión de verdad definitiva y conquista irrenunciable? ¿No le animan idénticas aspiraciones de universalidad y criminal celo expansivo? ¿No se adorna de una misma ceguera respecto de sí mismo? ¿No se estará creyendo en la Democracia bajo la misma ilusión con que se cree en el Corán o se creyó en el carácter divino del Imperio?

Como toda creencia, la demócrata no sólo albergaría un creer en sino también un creer que: un conjunto de dogmas y una apuesta, una ilusión de y una ilusión por: la 'ilusión democrática'. Ilusión iluminista por acabar con el Antiguo Régimen o de los españoles de los setenta por salir de la dictadura: ilusiones todas seguidas de las correspondientes desilusiones: luces desvanecidas como fuegos de artificio al volver a revelarse lo antiguo bajo la máscara de lo nuevo. O ilusión por empezar desde cero, como si los pueblos fueran una ampliación del empty cabinet lockeano, para lo que bastaría -como en la ejemplar democracia norteamericana- con acabar con la población autóctona para que surja redonda la idea democrática.

Pero la crítica de hecho que las sistemáticas desilusiones suponen para la ilusión democrática reclama una crítica racional del sentido fuerte de ese carácter ilusorio. ¿Qué es lo que se cree ver cuando se está en la creencia democrática? ¿Cuál es la ilusión que la constituye? Si Razón y Democracia son, como suele darse por sentado, dos caras de esa misma moneda que es la modernidad, ¿desde qué racionalidad puede ejercerse una crítica de la Democracia? ¿O toda crítica está de antemano condenada a la pura irracionalidad, a la añoranza reaccionaria o a un larvado fascismo, como pretenden quienes de hecho están cultivando las nuevas formas de totalitarismo? ¿No será necesariamente ilusorio cualquier intento de crítica, dado que ésta, la Democracia, es la única realidad?

La crítica de TOMÁS IBÁÑEZ (La increíble levedad del ser democrático) arranca precisamente de esa exigencia de realismo que el demócrata parece tener en monopolio. Son los «hechos mismos» de la actual democracia española los que revelan su carácter ilusorio, constitutivamente mentiroso: es una minoría del pueblo español la que de hecho ha votado la Constitución actual, como también es en una minoría en lo que se apoya el actual gobierno democrático. Y la Democracia es esto que hay, aquí y ahora, no otra cosa. En cómo se puede creer que una minoría es la mayoría estaría la clave de la ilusión democrática, el engaño en que se funda. Todos los juegos ilusionistas, trampantojos de la política, que suele airear la prensa (programas incumplidos, baile de máscaras, discursos de ventrílocuos, dineros que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos...) no serían sino ilusiones menores con las que se adorna la gran representación: la ilusión de la representación.

Para NOAM CHOMSKY (La ilusión necesaria) la democracia americana se edifica sobre la negación efectiva de los mismos valores que proclama, impidiendo la participación y organización popular, generando apatía, bloqueando cuantas iniciativas pudieran poner trabas a la impunidad de las grandes corporaciones. El papel real de los medios de comunicación sería el de proteger, incluso con sus críticas -o precisamente mediante ellas-, a los poderes fácticos. Y la Democracia es eso, no otra cosa. La soberanía popular, fundamento de la Democracia, resulta así escamoteada, como resalta GIORGIO AGAMBEN (Soberanía clandestina), ahora desde la perspectiva de la democracia italiana: desde los propios presupuestos democráticos son los actuales Estados democráticos los que están fuera de la ley. Tal es la «paradoja del soberano». Pero ésas son las democracias, no otra cosa. En el engarce de paradojas y sofismas es donde también JESÚS IBÁÑEZ indaga las trampas del juego, un juego que de hecho ha dado la vuelta a la máxima ilustrada para manifestarse como explotación ya sin máscara: Nada para el pueblo, pero sin el pueblo.

Todo ello ha producido un cúmulo de rupturas en Occidente, rupturas de orden político, religioso y social. La consecuencia, según analiza CORNELIUS CASTORIADIS (El descalabro de Occidente), es la saludable puesta en duda de las instituciones que han conformado nuestra cultura, creadora del límite y del tiempo. Todo ha sido construido, perfectamente elaborado, para que la libertad se haya constituido en un instrumento potenciador del individualismo, y por tanto, en una fórmula de privación. No conseguimos hacer nada con «esa libertad». El resultado es el conformismo generalizado y la ausencia de significación -lo que Castoriadis llama «falta de creación de sentidos»-, ya que únicamente nuestro entendimiento se abastece del «sinsentido» de nuestro alrededor y de la más pura heteronomía.

Y ya en pleno juego de espejos, ilusiones y representaciones trucadas, XAVIER BERMÚDEZ (Abstención, ¿para qué?) busca en la abstención la única forma -cómo no, paradójica- de no renunciar a la acción política cuando se vive en Democracia. Esta es la forma de dominio que nos ha tocado vivir, y no otra, subraya AGUSTÍN GARCÍA CALVO (Contra la Democracia). La irresponsabilidad no está en cuestionarla sino en distraerse con otras formas de dominio ex-temporáneas. Su mentira específica arraiga en la creencia en el Hombre abstracto, ése que presta identidad a ficciones como la del Individuo Personal, las Masas censables, las Mayorías de votantes. Para él, el engaño no está ya en que la mayoría desea de hecho minoría, sino en la propia constitución ilusoria de la Mayoría como tal. La Mayoría es algo numerable, bien formado, con una identidad definida, mientras que el pueblo es precisamente lo que queda que no es eso: algo «malformado» y contradictorio. Nunca el pueblo estará, pues, en mayoría.

Dos estudios parciales, pero sintomáticos, cierran esta CARPETA. El de DOMINGO CABALLERO (Los pasillos del poder o el poder de los pasillos) emprende un análisis semiótico del espacio parlamentario, un espacio construido para inducir determinadas disposiciones inconscientes en el súbdito. MARTÍN-MIGUEL RUBIO (O partidos o Democracia), por su parte, muestra cómo lo que para muchos es hoy esencia de la Democracia, los partidos políticos, se tenía en la democracia ateniense por auténtico atentado contra ella.

Como observará el lector, hemos evitado intencionadamente cualquier juicio ideal, en términos de lo que sería una «democracia ideal», la supuesta «auténtica democracia». Y hemos asumido las exigencias de realismo desde las que tan a menudo se ha descalificado cualquier crítica tachándola de «utópica»: la auténtica democracia es ésta, la de aquí y ahora, la de todos los días. Y de ella hablamos. No vengan ahora los utópicos a acallar las críticas en nombre de los «ideales democráticos».

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